el deseo no busca la revolucion , es revolucionario por derecho propio!
9 Octubre 2009 por corazonesenformol
Hace ya un tiempo, poco antes de las revoluciones de los sesenta, cuyo espíritu todavía pervive en
esferas menos públicas y directas, Marcuse, en su libro El hombre unidimensional, describía una
población satisfecha y feliz. Con la angustia omnipresente de hoy en día, ¿a quién podríamos
describir así? La crítica que late aquí es profunda, aunque incompleta.
Muchas teorías han anunciado el deterioro de los últimos reductos de la individualidad; pero de ser
así, si la sociedad avanza hacia la homogeneización y domesticación totales, ¿cómo es que
permanece esa tensión constante que causa semejante sufrimiento y desorientación? Estamos
llegando a una situación insostenible, en un contexto de enfermedad emocional crónica y
generalizada.
Marx predijo, erróneamente, que el profundo empobrecimiento material traería consigo la
revolución y la caída del capital. ¿No será este creciente sufrimiento psíquico lo que está haciendo
resurgir la revolución? ¿No podría ser ésta la última esperanza de resistencia?
Así y todo, es obvio que el mero sufrimiento no garantiza nada.
“El deseo no busca la revolución, es revolucionario por derecho propio”, señalan Deleuze y
Guattari en su Anti-Edipo. Posteriormente, al tratar el tema del fascismo, nos recuerdan que la gente
ha deseado en contra de sus propios intereses y que aún están ampliamente extendidas la
humillación y la esclavitud.
Sabemos que tras la represión psíquica se esconde la represión social, que muestra signos de ceder
ante un enfrentamiento necesario con la realidad en todas sus dimensiones. La reflexión sobre lo
social no debe llevarnos a ignorar lo personal, porque eso sólo repetiría, invirtiendo los términos, el
principal error de la psicología. Aunque en la pesadilla actual cada uno tiene sus propios miedos y
limitaciones, no hay una ruta liberadora que olvide la primacía del conjunto total. Estrés, soledad,
depresión, aburrimiento: la locura del día a día.
2
Una tristeza cada vez mayor que nos hace reconocer, al menos visceralmente, que las cosas podrían
ser diferentes. ¿Cuánta alegría queda en la sociedad tecnológica, en este lugar de alienación y
ansiedad? Los epidemiólogos de la salud mental consideran que sólo el veinte por ciento de la
población está libre de síntomas psicopatológicos. Es decir, representamos la “patología de la
normalidad” marcada por el empobrecimiento psíquico y crónico de una sociedad insana.
Enfermo preocupado (1988), de Arthur Barsky, diagnostica el estado de salud de la sociedad
norteamericana en la que, pese a todos los avances médicos’, nunca ha existido una “necesidad tan
grande de constante atención médica”. Las crisis familiares y de la vida personal en general han
llevado, según este diagnóstico, a una búsqueda de la salud, de salud emociona) concretamente, que
ha alcanzado proporciones verdaderamente industriales. Una vida laboral cada vez más tóxica en el
sentido más amplio del término, unida a la desintegración familiar, mantienen en funcionamiento la
maquinaria de la salud.
Pero para una población inmersa en sus miserias y dramáticamente más interesada que nunca en el
cuidado de la salud, el modelo dominante de atención médica es una parte más del problema, no su
solución. Así, Thomas Bittker escribe sobre “La industrialización de la psiquiatría americana”
(Amerícan JournalofPsychiatry, Feb. 1985) y Gina Kolata señala la gran desconfianza que existe
hacia la figura de) médico, ya que la medicina se ve tan sólo como un negocio más (New York
Times, 20 Feb. 1990).El desorden mental que acarrea seguir adelante tal y como están las cosas se
trata actualmente casi por completo con bioquímica, para reducir la conciencia individual de una
angustia socialmente inducida. Los tranquilizantes son hoy día las drogas más extendidas
mundialmente y los anridepresivos baten records de ventas. Se obtiene así un alivio temporal (al
margen de los efectos secundarios y sus propiedades adictivas), mientras todos nos hundimos un
poco más. En “¿Por qué toda esa gente dice que nunca tiene tiempo?” (New York Times, 2 Enero
1988), Trish Hall señala la pesada carga que supone el día a día y concluye que “todos parecen
sentirse desbordados” por ella.
El informe Gallup de Octubre de 1989 reveló que las enfermedades relacionadas con el estrés se
están convirtiendo en la principal amenaza de los puestos de trabajo en EE.UU. En California, entre
1982 y 1986, se quintuplicaron las bajas por estrés. Las cifras más recientes ponen de manifiesto
que en casi dos tercios de los programas de asistencia al empleo se presentan síntomas psiquiátricos
o de estrés.
3
En su Locura moderna. (1986), Douglas La Bier se preguntaba “¿Qué tiene el trabajo hoy en día
para que resulte tan dañino?” Encontramos la respuesta en multitud de estudios que nos advierten
que la ‘oficina ¿el mañana de la Era de la Información no es mucho mejor que el barracón obrero
del pasado. La informarización permite una instrucción neotaylorisia del trabajo que en realidad
sobrepasa a todas las técnicas de control anteriores. La ‘disciplina tecnológica’ que pesa cada vez
más sobre los oficinistas llevó a Curt Suplee a escribir un artículo de junio de 1990 en el
Washington Post que concluye: “Hemos visto el futuro, y duele”. Unos meses antes, Sue Miller
describía en el Baltimore Evening Sun otro aspecto de este trabajo tóxico, haciendo referencia a un
estudio psicológico nacional según el cual un noventa y tres por ciento de las mujeres americanas
“sufre una epidemia de tristeza”.
Mientras tanto, siguen subiendo los niveles de suicidio y homicidio en los EE.UU. y el ochenta por
ciento de la población admite haber pensado alguna vez en quitarse la vida. El suicidio adolescente
se ha incrementado enormemente en las tres últimas décadas, y el número de jóvenes internados en
hospitales mentales se ha disparado desde 1970. Hay multitud de formas de evaluar el sufrimiento:
la obesidad crónica entre los niños se ha elevado más del quince por ciento en los últimos veinte
años; ahora son relativamente comunes entre las chicas jóvenes los desórdenes alimenticios
profundos (bulimia y anorexia); las disfunciones sexuales son cada vez más frecuentes, al igual
que los ataques de pánico y ansiedad, que parecen tomar el relevo a la depresión como la
enfermedad psicológica más extendida; el aislamiento y el sentido del absurdo siguen haciendo que
el evangelismo televisivo y los cultos ridículos resulten atractivos para muchos. La lista de
síntomas culturales es casi interminable. Dejando aparte su función generalmente escapista,
muchos de los filmes contemporáneos reflejan esta enfermedad; léase, por ejemplo, Un cine de la
soledad: Penn, Kubrick, Scorsese, Spielberg, Aitman, de Robert Philip Kolker. Muchas novelas
recientes son todavía más implacables al describir la desolación y la degradación de la sociedad y
de la juventud; por ejemplo Menos que cero, de Bret Easton Ellis, Cabeza de familia 2020, de Fred
Pfail y El artista noqueado, de Harry Crews, por nombrar sólo algunas.
En este contexto de empobrecimiento psíquico, lo que ocurre con las costumbres y valores
preestablecidos es de especial interés para situar mejor la “psicología de masas” y su significado.
Multitud de indicios ponen de manifiesto que la demanda de gratificación instantánea es cada vez
más apremiante, lo cual levanta las críticas tanto de la derecha como de la izquierda. El fraude de
tarjetas de crédito alcanzó el billón y medio de dólares en 1988, siendo el caso más común el
impago de facturas, que se duplicó entre 1980 y 1990. Asimismo, los impagos de los créditos
federales se cuadruplicaron entre 1983 y 1989. En Noviembre de 1989, en una acción sin
precedentes, la Marina de los EE.UU. se vio obligada a suspender todas sus operaciones durante 48
4
horas debido a una oleada de accidentes que causó muertos y heridos. En la moratoria se acordó
efectuar una revisión de seguridad, que reavivó la discusión sobre el abuso de drogas, el
absentismo, el personal no cualificado y otros problemas que amenazaban el buen funcionamiento
de la Marina.
Mientras tanto aumentaba el número de robos en el empleo. En 1989 el Departamento de Policía de
Dallas informó de un incremento del veintinueve por ciento en los pequeños robos en las empresas,
y un informe nacional dirigido por London House afirmaba que el sesenta y dos por ciento de los
empleados de empresas de comida rápida admitía haber robado en su puesto de trabajo…













































